domingo, 10 de septiembre de 2023

Rosacruz 4

 "Rosacruz 4"





La señora Reiman, madrastra de Bernardo, se hallaba en su comedor nerviosa y excitada. En su frente arrugada mostraba una sombra de inquietud. El empeño de toda su vida había sido conquistar el corazón del hijo de su marido. Ella, mucho más joven que su marido, sentía ansias de amor, que no podía satisfacer el viejo Reiman; el cual tenía cifradas también todas sus esperanzas en el joven estudiante de medicina. Si bien él tenía confianza en su hijo, y sabía de sobra que su cariño paternal era justamente correspondido, la mujer era celosa, más con el hijo que con el padre: temía que le quitaran el afecto del joven, y vio como una especie de sombra amenazadora en el Cónsul Rasmussen, del cual el muchacho trataba en todas sus conversaciones. 


Con todo cálculo e intención, la señora Reiman, para conquistar a su hijo, habíase procurado ciertos conocimientos en Medicina, para discutir con él y a veces se sentía vencedora sobre el muchacho. Pero Bernardo a cada momento mas entusiasmado por el Rosa-Cruz, había conversado durante la comida, sobre los conocimientos médicos que decía poseía el recién llegado, pues Rasmussen le había enseñado en Hamburgo un nuevo método de diagnosticar enfermedades, por medio de los signos de la mano; y lo primero que hizo cuando se encontraron juntos en casa de los Kersen, fue pedir que viera la mano a Elsa. 


—Pero ¿es de tomar en serio la Quirología? —preguntó al Rosa-Cruz. —No quiero repetirle, mi joven amigo, mi opinión propia. Le daré la autorizada de un sabio español. Me refiero al Dr. Mario Roso de Luna. quien dice muy bien: Aunque afirmemos, con Letamendi, que el cuerpo es un solo órgano y la vida una sola función, hay que tener por evidentes, ciertas locaciones de preferencia en el organismo -chacras, que dirían los orientales siguiendo a la Sucruta y la Karaka— , y entre ellas ninguna tan indiscutible como la que establece la ligadura del pensamiento con la acción y de sus órganos respectivos entre sí. La acción está en la mano. Man, es “pensamiento” y “hombre” en las lenguas troncales indo-europeas derivadas del sánscrito. Human o humano, equivale al “dioshombre”, a la estirpe divina nuestra, que dijeron David, Platón y Jesús; estirpe siempre reflejada en el pensamiento y en la acción. Ningún animal tiene mano, es decir, extremidades torácicas con pulgar oponible, salvo el mono, quien, por eso, es el inmediato antecesor del hombre para darwinistas positivistas, o una progenie degenerada del hombre, para los que seguimos las ideas de Oriente.


De aquí la extática admiración de Newton ante la mano del hombre, admiración que le llevó a decir: “Si yo no tuviera otras pruebas de la existencia de Dios, la mano — es decir, el pulgar oponible que la caracteriza— me convencería”. “En las palmas de la mano le tengo esculpida”, se dice en Isaías. “El Señor pone un signo en las manos de todos los hombres, a fin de que todos en ellas reflejen sus obras, sin dar lugar a duda”, consigna Job en su célebre elegía que es el tema wagneriano de la Justificación del hombre por su pensamiento y por las obras de su mano. Y glosando al Dr. Preyer, de Jena, afirma: “Si cada emoción produce contracciones musculares, apreciables con el micrómetro, en la palma de la mano, ¿por qué las enfermedades no han de dejar en la misma su huella? ...” “Hay que buscar horizontes nuevos” “Meissner y Krause, estudiando los corpúsculos de Pacini y los cilindros de los órganos táctiles, descubren la relación entre la mano y el cerebro. La quirología, por eso, es una de las pocas cosas matemáticas que tiene la Medicina” “_Huyendo de suposiciones gratuitas y sin admitir nada que se salga del campo de la perfecta observación comprobada por los hechos, un solo caso de enfermedad claramente diagnosticada por tres signos de la mano, es suficiente para despertar la admiración en el alma del médico que logre hacerlo”. Recuerda a Artajerjes, persa, cuyas manos eran largas, aunque no tan enormes como su altura moral, y a quien dieron el sobrenombre de longimanos o macrocheir; a aquel quirósofo Artemidor, de tiempos de Antonio, citado por varios clásicos, y a aquel Julio César, destructor de la República romana, que no admitía a nadie a su servicio sin antes examinarle las manos, quizá para ahorrarse el trabajo de tenérselas que examinar después, de bien diferente modo, al tiempo de despedirle... Por eso también recuerda a Hipócrates, el padre de la Medicina, y su diagnóstico mediante la observación de las uñas; a nuestro Arnaldo de Villanova; al jesuita quirólogo Kircher; a Harlidt, primer tratadista de la referida materia; a Indagine, de la Universidad de Halle, primero en sentar cátedra acerca de ella, y, sobre todo, al incomparable Paracelso, al “amigo de gitanos y de verdugos”, que dijo su traidor discípulo Opporino, al genio revolucionador de la Medicina como de la Filosofía, genio que, en la excreta del enfermo, supo hallar uno de los más preciosos elementos de diagnóstico con gran escándalo de los pedantes de su tiempo, a quienes hizo mostrar entre dos platos, en célebre banquete, lo que no puede ser nombrado más que del modo técnico que acabamos de hacer nosotros. Todo ello, para venir a la consecuencia lógica de que, así como se examina la lengua del paciente a fin de deducir de ella el estado del aparato digestivo, o el iris en escuela tan moderna como discutible, o, por último, otras partes típicas del organismo, natural en el observar la mano del paciente, dejándose guiar por ella para el diagnóstico, como, en otro sentido, el ciego se guía por ella para caminar, ya que no vanamente ha puesto en la palma de la mano la Madre Naturaleza hasta muy cerca de trescientas mil terminaciones protoplásmicas por donde la fuerza bio-química u ódica, de Reichenbach, se derrama al espacio, en prodigioso magnetismo, como experimentalmente lo ha comprobado este sabio descubridor de la parafina y la creosota. Y no solo hay que observar médicamente la mano, sino también como caso harto extraño de teratología evolutiva. Si todos nacemos con cinco dedos en cada mano para testimonio elocuente del sistema decimal en ellos fundado, no deja de ser chocante la supervivencia, en Inglaterra mismo, del sistema duodecimal, o a base de doce. ¿Tendrá ello relación con gentes de seis dedos por mano, en total doce, como las que aun hoy abundan, según testimonio nuestro, en la región castellana de Somosierra, especialmente en el partido judicial de Torrelaguna, donde familias enteras muestran semejante teratología?.Tras las famosas líneas semiastrológicas de la Vida, de la Cabeza, de Venus o de Mercurio, y de las que acaso no se sabe hoy nada positivo de lo que pensaron o supieron de ellas los antiguos, es indudable que hay algo muy serio por estudiar. no ya la buenaventura del gitano supersticioso conservador inconsciente, acaso, de míticas verdades perdidas—, sino lo que existe ciertamente detrás de ese trazado misterioso, que es al hombre, lo que al mineral las aristas, vértices y ejes cristalinos, o lo que al astro remotísimo las rayas de Franhaufer, por donde hemos venido en conocimiento de su composición química y de su historia, a pesar de los millones de leguas que le separan de nosotros... Fibra, arruga, cicatriz, huella, línea o lo que fuereis, ¡vosotros encerráis escrita en nuestro incomprensible alfabeto la historia entera del ser a quien pertenecéis...! Las líneas de la mano nos dan a conocer a los hombres, sus tendencias, inclinaciones, virtudes y vicios, el estado de su salud y las condiciones de su mente. Todo el mundo debería estudiar algo de quirología, para estar resguardado de accidentes y prevenido contra las enfermedades. Esta ciencia es muy antigua; ya los caldeos, llamaban el del medio, dedo de Saturno; el índice, de Júpiter; el anular, del Sol; el meñique, de Mercurio y el pulgar, de la Luna; porque estos pueblos consideraban a los astros, no desde el punto de vista heliocéntrico, sino geocéntrico; es decir, poniendo como centro nuestra tierra. Sabemos que Saturno como más elegido, dista 1275 millones de kilómetros de nosotros; Júpiter 628; el Sol, 149; Mercurio 91 y la Luna 1/3 de millón; faltan Marte y Venus por una parte y Neptuno y Urano por otra; para los primeros se tienen regiones en la palma de la mano, que corresponden a estas distancias, y los otros están tan alejados, que su influencia es tan poca, tan débil, que no la consideramos. Hoy día, que está tan en boga la telegrafía sin hilo, y que sobre cada casa vemos extenderse antenas donde se detienen las ondas enviadas de las estaciones centrales, podemos considerar a los dedos como antenas, donde se reciben las influencias de los astros, con los cuales estamos en íntima relación. Los que pululamos sobre esta tierra, nos consideramos súbditos de aquí, cuando en realidad somos cosmósomas, es decir, ciudadanos del Cosmos, ya que nuestro mísero planeta no es más que una partícula del Universo, un pequeño pedacito del Sol, como este no es más que una tajada de otro sol central. El Universo, por lo demás, deja sus señales, en todo, al través del tiempo y del espacio. Así el diagnóstico se fija casi con una seguridad matemática, cuando el medico tenga ocasión de formarse un cuadro clínico del caso, haciéndole múltiples preguntas al enfermo; pero lo que no se había hecho, era fijar las enfermedades, que haya padecido un sujeto muerto hace miles de años. Pues hasta eso se ha logrado ahora. Los doctores Elliot Smith y Damson han hecho un examen patológico de las momias de Egipto, y han constatado que los egipcios sufrieron mucho de la vejiga, pues se encontraron cálculos en la vejiga de varias momias. El reumatismo fue otra enfermedad de aquella época lejana, y se ven hasta hoy las deformaciones causadas por este mal. Uno de los Faraones debió haber sufrido mucho de dolor de muelas, pues al examinar la momia se vieron todas sus muelas cariadas. Cicatrices en la encía dieron a comprender que el pobre Faraón debió haber estado en manos de dentistas que le operaron... con o sin dolor. El padre de Tutankamón, el rey Amenofis, tenía una dentadura detestable, y, como en aquellos tiempos no se conocían dientes postizos, el desdichado rey debió haber sufrido lo indecible para comer. Curiosos son los estudios y observaciones que ha hecho Smith en los restos momificados de los niños. En el estómago de muchos niños encontró ratoncitos, lo que prueba la efectividad de los datos históricos, que relatan que aquellos pueblos eran muy supersticiosos y que creían que las enfermedades eran espíritus malignos, que quien comía ratones podía salvarse, pero que debía usarse esto como último recurso, debiendo tragar los ratoncitos enteros, con lo que, naturalmente, morían más pronto los pobres niños egipcios. Raro es que este remedio del ratoncito no se encuentre en muchas tribus y pueblos antiguos y en diversas partes del mundo. Con razón dice el arqueólogo que se dedica a estos estudios, que esta superstición es una de las pocas que se han conservado por tradición a través de seis mil años. Si bien había en Egipto muchas supersticiones, la ciencia de curar había llegado a cierta altura. En eso el Oriente tiene mucho parecido con el Perú, donde los Incas hacían trepanaciones perfectas, como se puede ver en las huacas momias peruanas, que encontramos en todos los museos. ¿Qué relación hubo entre México y Egipto? No se puede saber de fijo, pero curioso es que en uno y otro país haya pirámides, siendo las de San Juan de Teotihuacan, en la línea del ferrocarril de Vera Cruz, tan soberbias como las que sirvieron de tumba a los faraones de Egipto.


Dos antiguos médicos que vivieron en aquellos parajes, han dejado señales de sus actividades; eran al mismo tiempo Astrólogos y conocían los signos de la mano. La Astrología y la Quirología, tan despreciadas a veces, pueden ser, especialmente esta última, de mucha utilidad a la ciencia médica. No hay una sola enfermedad que no se señale con alguna línea, enrejado, cruz o signo en la mano, y todo el mundo debería estudiarla. (Véase Tratado de Quirología, del mismo autor). A pesar de los anunciados adelantos y escritos de la medicina. —Cabot, de la Universidad de Havard, comprueba que las autopsias practicadas en los cadáveres de individuos diagnosticados antes del fallecimiento, han demostrado que el diagnóstico fue verídico solamente en un cincuenta por ciento. Es decir, que la mitad de la gente se muere sin saber de qué. Muchas enfermedades tienen remedio si se acierta con tiempo el diagnóstico; pero, ¡pobre de aquel al cual le dan remedio para una enfermedad y resulta que lo que tiene es otra distinta! Aun hay muchos órganos internos cuya función es ignorada por los médicos; hay muchas enfermedades difíciles de constatar. La Quirología es lo único matemático para ver a un enfermo lo que tiene; para hacer un diagnóstico, es lo único seguro. Pero no solamente esto. La observación sobre las líneas y signos de la mano, ha demostrado que por este medio se puede pronosticar el porvenir. La Quirología nos puede, pues, poner sobre aviso de lo que nos pueda ocurrir. La casualidad no existe para el Rosa-Cruz, todo efecto proviene de una causa, y la causa de todo lo que acontece a nuestro cuerpo queda señalada en la mano. Hasta dónde va ya la medicina en cuestión de diagnóstico lo demuestran los estudios del Doctor Muck de Essen, quien para comprobar lúes, epilepsia y, en general, las simpático-pertonias locales, frota la mucosa de la nariz con adrenalina o suprarrenina (1:1000) que produce naturalmente una inflación local; entonces frota dos o tres veces suavemente con la cabeza de una sonda, procedimiento que hace salir una raya blanca en los enfermos indicados y en las embarazadas, más nunca en personas sanas. Este método de diagnosticar la sífilis es más seguro que la R. W., y recomiendo su experimentación a todo especialista de nariz. (Véase Münchener medic Wochnschrif, 1925. Nro. 237. Páginas 1543-1544). Todas estas cosas que parecen nuevas, son sin embargo viejas, y ahora las volvemos a estudiar.


Extraído de la Novela Rosacruz del Dr Krum Heller (Maestro Huiracocha)